Más de 2,6 billones de personas en el mundo carecen de acceso a las instalaciones sanitarias más básicas. Cuatro de cada cien no disponen de una simple letrina donde hacer sus necesidades, lo que les obliga a apañarse como buenamente puedan: la mayoría recurre a un lugar más o menos apartado, frecuentemente en la orilla de un río. Como las heces humanas contienen virus, bacterias, gusanos y otros parásitos es frecuente que, al filtrarse, acaben contaminando aguas y acuíferos. Así, por enfermedades originadas al beber agua infectada, muere un niño cada quince segundos.
Los esfuerzos principales están orientados a dotar a estos lugares de infraestructuras pero es una labor ingente y, entretanto, hay quien se exprime el cerebro buscando soluciones temporales. Es es caso del doctor Anders Wilhelmson, un arquitecto y profesor de Estocolmo que ha desarrollado algo tan sencillo como una bolsa higiénica de un solo uso que se puede usar donde y cuando sea necesario y en la que se depositan los excrementos directamente, para luego cerrarla anudándola. La clave está en que tiene dos capas, una interior con cristales de urea que eliminan los agentes patógenos transformando el contenido en un fertilizante, y otra exterior cuya función es dar mayor seguridad. Ambas son biodegradables con la ventaja de que, cuando desaparezcan, su contenido ya no será peligroso; al contrario, contribuirá a potenciar la tierra.
La idea le llegó al doctor en Kenia, al observar que muchos de sus habitantes usaban bolsas de plástico que luego arrojaban. Las llamaban jocosamente helicopter toilet: el concepto es el mismo pero ahora con un envoltorio ecológico. Se llama Peepoo, está en fase de patente y, tras haber sido probado en la propia Kenia e India, se ha acometido su producción industrial con la idea de venderla a un precio asequible: dos o tres céntimos.
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